jueves, 28 de octubre de 2010

Recuerdo agridulce del centenario nacimiento del poeta


Miguel Henández

2010, año Herniano.
El mundo de las letras hispanas celebra durante estos 365 días una fiesta agridulce: el centenario del nacimiento de uno de los grandes poetas españoles, Miguel Hernández. Conoceremos su obra pero también caeremos en la nostalgia de pensar cuánto ha perdido el mundo de la literatura por una vida truncada tempranamente. ¿Por qué es importante la literatura de Miguel Hernández? ¿Cuáles son sus características? Los expertos dan buena cuenta de ello.



Hernández, poeta La Fundación Cultural Miguel Hernández, en la Comunidad Valenciana, es la que lleva todo el peso de los actos conmemorativos del centenario, pero también trabajan el resto del año en estudiar y dar a conocer la imagen del poeta. Constituida en 1994, cuenta con el beneplácito de los herederos de Hernández. La Fundación tiene asesores expertos en la poesía y la figura de Hernández que han estudiado y siguen estudiando sus antecedentes y su influencia hoy en día, como es el caso de Antonio Larrambide, que con varias tesis publicadas y licenciado en filología, es capaz de afirmar que si Hernández viviera seguiría dedicándose a la poesía. “Sus últimos poemas abrieron la puerta a una poesía intimista, sin tanto colorido, con menos adjetivos”, explica Larrambide, quien destaca que los temas elegidos para sus últimas creaciones son el amor a su hijo, a su esposa y a la naturaleza.


Hay otro tema oculto que, quizá fue uno de los que más ha influido en su obra: la cárcel. “Para Hernández significó una mirada hacia sus adentros y la creación de una realidad paralela a la que estaba viviendo en prisión”, declara el filólogo.


Junto con la fundación, uno de los expertos que más conoce la producción literaria de Hernández es Jorge Urrutia. Catedrático, crítico, ensayista, traductor y también poeta, fue el encargado de editar las obras completas de Hernández durante la Transición, que ahora, y a consecuencia del centenario, han sido reeditadas con más explicaciones y algún poema desconocido. Urrutia pretende que con esta obra se desmitifique al poeta combativo, y se conozcan otras facetas. “Está el combatiente animoso de Viento del Pueblo, el cansado de El hombre acecha o el que quiere demostrar su capacidad poética en el Perito en lunas. También el poeta de principios del 36, solitario, que busca la intimidad, aunque siempre animoso, nunca dejó de tener esperanza”, explica.


Que a Hernández se le asocie con una idea de revolucionario, de lucha por los derechos, no es casual. “Franco prohibió la parte más ideológica de su poemario y, por esta prohibición, los jóvenes de los años 50 buscaban en Rayo que no cesa una idea revolucionaria entre verso y verso”. Pese a este acontecimiento histórico, Urrutia opina que su muerte prematura le dio un mito romántico de joven escritor, con apenas ocho años de vida literaria.


En la obra del poeta de Orihuela hay dos características más que se pueden destacar: ser el primero que trata a la figura del hijo como un símbolo del futuro (no se puede olvidar Nana de Cebolla, considerada una de las mejores canciones de cuna dedicada a su hijo) y conseguir subirse al neopopulismo, la popularización de la cultura. “Lo más extraordinario de Miguel Hernández son los poemas inéditos que han ido saliendo a la luz y que demuestran su madurez”, declara Urrutia. De hecho, este conocedor de Hernández recomienda Ascensión de la escoba. “Estaba barriendo y se escapó del mundo oscuro a través de su escoba, le dio la vuelta y se imaginó una palmera, el árbol mediterráneo por excelencia. Si me tuviera que quedar con un poema de Hernández, sería éste”.


La importancia de Hernández es patente tras su fallecimiento y aumenta con el paso de los años. “Comienza a ser importante a finales de los años 70 cuando, en el aniversario de su muerte, los estudiantes lo toman como un símbolo de la resistencia franquista”, explica el asesor de la fundación. Tras quitarle el polvo de la historia, la obra del poeta de Orihuela pasó al ámbito académico, y después apareció el fervor popular.


Hernández, amante Cariñoso, risueño, comprensivo y sin dejar de mostrar el amor que sentía por su esposa. Así era Miguel Hernández, o mejor dicho, así lo cuenta su mujer, Josefina Manresa en Recuerdos de Miguel Hernández (Ediciones de La Torre, 1980). Josefina plasmó hace más de 30 años sus recuerdos con Miguel sin una correlación clara, tal y como suelen aparecer los buenos y malos momentos en la memoria.


En el libro se pueden encontrar reproducciones de las cartas que su esposo le envió desde la cárcel. Las páginas del manuscrito también fueron utilizadas por la mujer de Hernández para desmentir ciertas notas de la vida del poeta, que fueron apuntadas por algunos expertos para criticar la pérdida de documentos de quienes les pidieron cartas originales o fotografías que nunca devolvieron.


Josefina se queja de que mucha gente se acabó aprovechando de ella y publicó muchos datos falsos, así como erratas en los diferentes poemas que, en algunas ocasiones, no se han corregido y han pasado así a la historia. También diferentes falsas anécdotas contadas durante años en libros, como que momentos antes de morir, el poeta pidió que le despidieran de los trigos y del sol. Jorge Urrutia también desmiente esta historia: “Dicen que lo escribió antes de morir en la pared de al lado de su cama. Es sólo una leyenda porque Miguel ya no tenía fuerzas y, además, su cama no estaba al lado de ninguna pared”.


Hernández conquistó a Josefina con poesías. Formalizaron su noviazgo en 1934 y se casaron en marzo de 1937 en Orihuela y por lo civil, pero Franco anuló estos casamientos. Por ello, volvieron a contraer matrimonio en 1942, cuando Miguel ya estaba en la cárcel y muy enfermo. Fue deseo del poeta cuando, según cuenta su esposa, “su preocupación era lo desgraciada que me quedaba”.


Miguel y Josefina tuvieron un hijo que murió a los diez meses. Su esposa cuenta que el poeta no lo vio nacer, pero que la primera vez que lo cogió tembló de alegría. Se parecía tanto a Miguel, que la única foto que existe del niño ha sido atribuida varias veces a la infancia del poeta de Orihuela. “Y así continúan las falsedades”, apuntilla Josefina en el libro. Tampoco vio a su hijo morir. Estuvo cuatro meses con diarreas sin que su madre encontrara un remedio. “Miguel tenía mucha pena de no haberlo visto ni nacer ni morir. Cuando volvió de Orihuela (…) se lo encontró ya amortajado. Miguel se sentó encima de mí, abrazándome y llorando”.


Miguel seguía haciendo reír a su mujer a través de las cartas que le enviaba desde la cárcel, como cuando Josefina vivía en una casa que carecía de pozo de agua y tenía que acudir al pozo de las vecinas. Esto servía de excusa para que Miguel bromeara sobre su falta de libertad. “¿Sigues en palacio? Por eso las cosas van tan despacio, las tuyas y las mías. Sal de ahí a ver si van deprisa de una vez”.


Son numerosas las alusiones que Hernández hizo a su segundo hijo en las cartas que enviaba desde la cárcel y que, muchas veces, iban acompañadas de juguetes. Cuando el pequeño Manuel Miguel cumplió un año, su padre le remitió una misiva en la que decía:


“me dice tu madre que no te gusta mucho el juguete que te he mandado y que te gusta más el biberón. Mejor. A mí me pasaría lo mismo”.


En otra carta, dirigida específicamente al niño, le decía: “Mi Manolillo querido, tengo varias novias para ti, algunas de ellas con una buena dote. (…) Elige sinvergüencilla, dime cuál prefieres en una carta y yo elegiré por ti”.


Lo que más deseaba Miguel es que su mujer le hablara de su hijo, desde qué hacía, hasta cuántos dientes le habían salido ya. El pequeño acudió a varios encuentros en la cárcel y fue uno de los grandes acontecimientos para el poeta.


“Mi querida esposa: ya sé lo que es tener un hijo en brazos”, le dijo el poeta a Josefina tras el primer encuentro entre padre e hijo. El último día que Josefina le visitó en la cárcel antes de que falleciera, acudió sin el pequeño. Miguel, con lágrimas en los ojos, le espetó varias veces: “Tenías que habértelo traído”. Sus palabras nunca fueron olvidadas por su esposa.


Una vida truncada Miguel Hernández se trasladó a Madrid en los años 30 para ser poeta, sin embargo, siempre declaró que no le gustaba la vida que llevaba el resto de aristas como Lorca. “Miguel dice en una carta que la vida literaria en Madrid es un asco y que existe mucha hipocresía por parte de Lorca o Luis Cernuda, ya que vienen de diferentes vidas sociales y culturales”, explica el asesor de la fundación, Larrambide.


Comenzó a relacionarse con ellos tras su segunda visita a Madrid, en 1934, y después de que la revista Cruz y Raya le publicara su auto sacramental Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras. Un año antes se edita su primer libro, Perito en lunas. En 1936 se publica Elegía, dedicada a su amigo de la infancia Ramón Sijé. Además, publicará El rayo que no cesa y finalizará su obra de teatro El labrador de más aire. Ese mismo año, 1936, Hernández fue detenido en San Fernando de Henares (entonces San Fernando del Jarama) por la Guardia Civil. Según cuenta el periódico El Socialista, la benemérita le condujo al cuartelillo, que estaba situado en el actual Centro de Participación Ciudadana y Empleo. Allí recibió una paliza, entre otras cosas, por no identificarse cuando lo encontraron en el río, por llevar encima una obra de teatro y por no entender “cómo un hombre con aire campesino escribiese”. Fue uno de los encuentros que tuvo el poeta con la Guardia Civil, de al menos tres, y que despertaron la conciencia social del escritor, según la tesis doctoral de María DallaRizza.


Tras su incorporación al Ejército Popular de la República en 1937 publicó Viento del pueblo, Teatro en Guerra y Labrador de más aire. Tras la muerte de su primer hijo, en 1938, Hernández pu blicará Cancionero y romancero de ausencias y Pastor de la muerte. En 1939, tras la finalización de la guerra, intentó escaparse a Portugal, pero la policía portuguesa se lo impidió y es entregado a la Guardia Civil. Puesto en libertad y detenido nuevamente, en 1941 una afección pulmonar se le complica con tuberculosis y murió un año después. Tenía sólo 31 años.

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