martes, 3 de mayo de 2011

Libros a domicilio

Recuerdo que era sábado. Había terminado de almorzar y me iba a ir a jugar a la pelota, cuando lo que tanto deseaba que ocurriera, ocurrió: Apareció un promotor/vendedor de libros de Círculo de Lectores.

Si bien era un chico todavía, era a fines del ´76, o principios del ´77, era un ávido lector. Sabía que existían empresas que te “asociaban” y te traían libros a tu casa. Libros que podían ser para todos los gustos, y que además no eran ediciones baratas, sino libros de tapa dura, pegados y cosidos y que además tenían una cubierta de protección.

Recuerdo que el muchacho que vino, no se había dado cuenta de que ya tenía un nuevo “asociado”, me largó su libreto por lo menos tres veces. Lo único que yo quería era que completara el formulario y me dejara ir al potrero a jugar.

Durante varios años fui un buen comprador; he comprado cerca de 150 libros que aún tengo en mi biblioteca y otros que he regalado.

Poco tiempo antes de que desaparecieran los promotores de Círculo, éstos comenzaron a rotar de tal manera, que aquél que me había tomado el pedido, no era el que me lo traía. Recuerdo que la última persona que vino a casa fue una señora – “de muy buen ver” como diría un amigo mío – que me contó que ya nada era como antes, que muchas veces ni siquiera podía pasar del umbral; que automáticamente le pedían “el recomendado” y que ni siquiera sabían cómo se llamaba ella.

Poco tiempo después dejé de tener noticias de los promotores, y llegué a escuchar comentarios de que había quebrado la empresa.

He visto hace no mucho tiempo una revista del Círculo, pero mi situación económica ya no era la misma, y tampoco tenía lugar para seguir acumulando más libros.

Con respecto a este tema, hay una buena nota en La Nación (para suscriptores) http://www.lanacion.com.ar/04/04/05/dg_589681.asp

El texto de la nota:

Los vendedores de libros a domicilio están en extinción. Influyeron la pérdida del hábito de la lectura y los problemas económicos,
Desde hace tres décadas, el número de vendedores mermó en un 90 por ciento.
La TV, las computadoras e Internet le quitaron adeptos. Hoy, la mayoría son mujeres

Sobre la disminución del hábito de la lectura hay un sector que no necesita mirar las estadísticas. Los antiguos vendedores de libros a domicilio saben que se lee menos y que esto ocurre desde hace más de tres décadas. Es una raza casi extinguida. Su número en el radio porteño (alrededor de 4000)mermó en ese lapso en un 90 por ciento.

Cambiaron las costumbres. La TV color (aunque la anterior ya lo había provocado en menor medida) trajo otro entretenimiento. Después siguieron Internet y el chateo, con su fuerte poder hipnótico sobre los adolescentes.
Las computadoras invadieron los colegios, que les destinaron salas que antes ocupaban bibliotecas (cada vez menos pobladas, porque muchos establecimientos dejaron de comprar libros).

Se sumaron, por supuesto, la crisis económica y la inseguridad, que obviamente hizo imposible el viejo sistema de timbreo, reducido hoy sólo a pueblos del interior, donde al vendedor lo conocen todos.

Carlos Amelotti, de 67 años, es uno de los sobrevivientes, con 37 años en el oficio. Se inició como vendedor de la editorial Jackson, cuando prácticamente ninguna colección podía competir con “El tesoro de la juventud”. Si no la veía, el visitante de una casa era capaz de preguntar el motivo. “Sus tomos llegaron a ser una presencia tan obvia como la mesa del comedor”, recuerda.

El auge de la actividad se dio en la década del 60 al 70, señala, en la que resaltaba una sed de conocimiento que hoy no existe. “La gente era más culta hace 30 años. No sólo las clases de mayor poder adquisitivo. Un tornero me compró en aquellos años la enciclopedia Durban, de más de 20 tomos, que hoy vale cerca de 3000 pesos.”

Se compraba de todo: los clásicos, los premios Nobel y conjuntos seriados de grandes escritores, pero las enciclopedias fueron lo más importante que se llevaba en la clásica valija negra. Y en muchos casos era la única oferta, principalmente las constituidas por varios volúmenes. Desplegar las grandes láminas de publicidad, con sus fotos vistosas, era un acertado “gancho” que solía doblegar vacilaciones. La colocación a crédito de la obra aseguraba un rédito significativo al vendedor: entre el 30 y el 40% del valor total.

Cambios

Amelotti señala que prefirió siempre formar su cartera de clientes a partir de relaciones, que obran como un buen multiplicador. Comenta que es posible vivir de esto todavía, pero hace notar que ahora se requiere un mes para redondear una cifra que antes se lograba en una sola operación.

De las nuevas camadas critica la endeble formación de los vendedores. Cuando comenzó – apunta – debía conocerse un poco de todo, de ciencia, literatura o historia. Era inconcebible un vendedor que no sabía lo que ofrecía.

Y en cuanto a la presentación personal, recuerda a un gerente que a primera hora hacía formar a quienes iban a “hacer la recorrida” para revisar cómo estaban vestidos (“había que salir de riguroso traje y corbata y con camisa blanca lisa, sin rayas”) y hasta si tenían las uñas limpias.

El cierre de grandes editoriales, como Aguilar, fue otro golpe. En una lista que podría ser bastante numerosa figuran los casos de Codex, que llegó a tener 2000 vendedores en 10 años de actividad, y Fabril, que alcanzó un récord inusual: 120 empleados para atender exclusivamente a 400 caminadores, proveyéndoles de libros y folletería e indicaciones logísticas.

En los tiempos evocados por Amelotti había también vendedoras, aunque en mucho menor proporción. Ahora es al revés. Ellas conforman el 80% de los planteles de vendedores, en los que, además, casi no hay jóvenes, dice a LA NACION Elsa Mariño, iniciada en el metier en 1994.

En ese año se había jubilado, con el haber mínimo. Alguien le habló de esta posibilidad y se “enganchó”, primero en Sudamericana y luego en el Círculo de Lectores.

Ya no se “timbrea”

Cuenta que, efectivamente, ya no se “timbrea”, sino que se acude a domicilios previamente contactados por los promotores, en los que se deja mensualmente una revista con títulos de aparición reciente.

Dice que bajó mucho la venta de grandes enciclopedias, reemplazadas ahora por diccionarios (inglés-castellano, sobre todo), novelas, libros de autoayuda, biografías e historia. “Es un modesto ingreso, para acompañar mi también escasa jubilación, que no me alcanza. Pero no se puede vivir sólo de esto. Tendría que trabajar 16 horas por día y para mí es imposible. Apenas puedo dedicarle cinco horas”, explica.

Por Willy G. Bouillon De la Redacción de LA NACION

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