domingo, 12 de junio de 2011

El poeta Julio Valderrey

Por Francisco Arévalo











A mediados de agosto del año 1986 los poetas Marcos González, Julio Valderrey, Néstor Rojas y quien esto escribe organizamos una lectura de poesía en una de las salas de Edelca Alta Vista (mini cines). El escenario a medio llenar sirvió de reafirmación de tres escribidores de travesuras (González, Rojas y yo) porque ya Julio tenía un trozo de camino andado con esto de la palabra y lo enviaron desde la desaparecida Dirección General de Literatura a compartir y explorar por estos parajes de hormigón ese oficio que muchos desean por lo de sublime y otros detestan por ignorantes y raquíticos de criterios existenciales y en la mayoría de los casos estéticos.

Fueron tres días de poesía y parranda, de extravío fecundo que transcurrieron entre los bares de Castillito y los más concurridos del centro de San Félix. Este periplo nos sirvió para hacer un pacto que sólo el tiempo se iba a encargar de testimoniar, nos unieron al punto que los cuatro seguimos porfiados escribiendo y por supuesto saltando muros e indiferencia adrede. Marcos González tiene varios reconocimientos y publicaciones, Néstor Rojas también es otro reconocido poeta, y Julio sigue esta vez desde Santa Teresa del Tuy empeñado en sacarle brillo a las palabras como lo ha demostrado a través de siete publicaciones y su constante preocupación por la promoción y fomento de las nuevas generaciones, de allí que fue fundador y pilar fundamental del taller de poesía Al Vacío, conformado por 12 integrantes y dirige en el estado Miranda la Imprenta del Ministerio de la Cultura, por cierto que publica con calidad y fluidez.

Valderrey siempre se ha movido en el campo de la poesía, no ha tocado otros prismas de la literatura, desde su primer libro, Papeles de Ocio (1986) hasta Greda Libro de vida (2010). Siempre ha sostenido que no desea hacer otra cosa sino poesía y sin que me quede dudas creo que es uno de nuestros poetas cuya poesía la caracteriza un lúcido manejo del lenguaje aunado a la coherencia temática que la hacen excepcional, en este caso la técnica es un medio para alcanzar calidad y belleza y consagrar el objetivo o fin.

Nacido en los páramos de Mérida (Labranzas, 1954), estudió en el Pedagógico de Caracas Castellano, Literatura y Latín, fue en Caracas donde le conocí de la mano de otro poeta, el doctor en literatura francesa José Adames, quien al saber mi origen se encargó de recalcarme que éramos paisanos y por lo tanto de la misma tribu, si algo tenía el poeta Adames era erudición muy bien guardada en su aspecto humildísimo al igual que Valderrey que a veces uno no cree que en esta tierra de jaquetones y gracia existan estos especímenes con mucha sapiencia y sólo pequeños espacios donde mostrarla.

Días atrás recibí un sobre con las dos recientes publicaciones del poeta Julio Valderrey. Ruidos del Iniciado fue el libro que se alzó con el Premio Municipal de poesía de Mérida 2008, publicado por Ifigenia y el Cenal, 75 Pág. El recurso de la memoria al servicio de la soledad y las causas perdidas, eso podemos percibir a vuelo de pájaro.

Todo o casi todo transcurre desde la taberna, los bochinches pasmosos de los beodos se confunden con los poemas extraviados de la ciudad que reivindica la orgía como salvación, es el orín, las alucinaciones, el sarro de los lavamanos que hacen juego con la desesperación de los perdidos con un tratamiento poético que nos deja un sabor agradable que va de lo lúdico a lo terrible, releyendo Ruidos del iniciado recordé lo escrito por el poeta mexicano Octavio Paz: el olvidado asombro de estar vivo. Valderrey en todo momento muestra la vida y sus lunares oscuros que brindan compensación ante la condición de ser diferente, la vida y sus días como exposición inmediata, no disfraza ni miente, va como lanza filosa a desmembrar la estética de lo fácil, de lo cosmético, el estado de los sinsentidos.

Greda Libro de Vida. Ediciones Monte Ávila Latinoamericana, Colección Altazor. 80 pág. Este es un libro maduro que inventa mundos y los transfigura. El inicio es intenso y describe un paseo por lo sagrado que fascina, mas la segunda parte, aunque fue escrita en 1993 posee unos rasgos particularísimos que creo que la diferencian de la poesía venezolana actual para bien. Allí el poeta se deslastra de sus fetiches y se adentra recurriendo a la prosa en un mundo y una ciudad mítica y milenaria donde su protagonista Labrel va pisando en fuerte y en falso, un avance mágico por Ciudad Hazet en una época de tinieblas que sólo a través de la fiesta en el lupanar se puede visualizar claridad como compensación al consumo del dolor en constancia. Este es un libro de muchos años en construcción de allí que me atrevo a decir que es lo mejor publicado por Julio Valderrey.

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