miércoles, 31 de agosto de 2011

Jorge Luis Borges: muchas vidas y una muerte


Caracas, 24 Ago. AVN .-(Neirlay Andrade) Heredero de una estirpe de seis generaciones castigadas con la ceguera, un 24 de agosto de 1899 nació Jorge Luis Borges, en el centro de Buenos Aires, entre Suipacha y Esmeralda, en casa de los abuelos maternos.

Místico y farsante; escriba argentino convencido de que la literatura fantástica es una rama de la metafísica y que pronto se sabría condenado "a repetir los mismos versos pero con variaciones preciosas", como recordó años más tarde, en el epílogo a sus Obras Completas.

Borges murió en Ginebra hace 25 años; sujeto a los caprichos del tiempo y la eternidad, de la memoria y del olvido, profesó la filosofía de la perplejidad y tramó la mitología cotidiana de un Buenos Aires que nuca fue.

Ficción dentro de una ficción, hegeliano a ratos, víctima de los vaivenes del Espíritu y de la Historia, presintió (o soñó) que él también pudo sitiar Troya, ser Ulises, Jasón, Jesucristo" Ya en 1940, en un cuento titulado Tlön, Uqbar y Orbis Tertius, decía: "todos los hombres que repiten una línea de Shakespeare, son William Shakespeare".

La tentativa de la revelación

En el prólogo de Otras Inquisiciones escribió: "La música, los estados de felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo; esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético".

A diferencia de Jasón y los argonautas, los personajes borgianos encontraron el vellocino de oro y no lo llevaron a casa, o lo escondieron, o simplemente lo olvidaron.

El mago Tzinacán no pronunciará jamás, en voz alta, las cuarenta sílabas que restablecerán al imperio azteca; Paracelso se negará a revelarle al joven discípulo la palabra que resucite a la rosa de las cenizas; y el secreto admirador de Beatriz Viterbo, por gracia del olvido, perderá en el recuero la tarde en la que vio el Aleph.

El infinito y la eternidad como maldición

Dice Maurice Blanchot, en El libro que vendrá, que Borges se enfrentó "a la mala eternidad y a la mala infinitud". Si Platón fraguó una utopía para los griegos que, en tanto bella, era buena, la utopía borgiana está deshecha: En El informe de Brodie, el rey de los Yahoos gobierna untado de estiércol; "le queman los ojos y le cortan las manos y los pies, para que el mundo no lo distraiga de la sabiduría".

La eternidad, perdurar, dilatar la vida, es lo mismo que morir una y otra vez. Fue en boca de Adolfo Bioy Casares (el personaje) que Borges arrojó esta claridad en las primeras líneas de Tlön: "los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los hombres".

Con una utopía enferma y una eternidad maldita, la infinitud no puede ser otra cosa que horror: Funes, el memorioso, es prodigioso y abominable a la vez.

Pero el tiempo viene siempre al quite. En el poema Las cosas el olvido se transforma en el último bastión de la memoria: bastón, monedas y llaveros "no sabrán nuca que nos hemos ido".

Borges salió al encuentro del infinito y retornó con una misteriosa claridad sellada en unos versos de Alguien: "Quizá en la muerte para siempre seremos".

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