domingo, 10 de abril de 2011

Vida y obra de un poeta maldito

Domingo, 10 de Abril de 2011

Charles Baudelaire es a la poesía lo que Marcel Proust a la novela: el umbral de una nueva concepción del género.


Siempre marginado en los cuadros de literatos que nos legara su tiempo, Charles Baudelaire es a la poesía lo que Marcel Proust a la novela: el umbral de una nueva concepción del género.

De ahí que la crítica especializada insista en que la grandeza de su obra se estudie dejando al margen el tremendismo de su biografía.

No siendo el propósito de esta serie de artículos el análisis pormenorizado de las creaciones, sino el perfil biográfico de quienes las alumbraron, dejaremos el comentario de los textos para plumas más elevadas que la nuestra, concretándonos, por nuestra parte, a dar cuenta de la atormentada existencia del poeta.

Si Paul Verlaine se refiere a Baudelaire como el representante por excelencia del “hombre moderno”, lo hace porque ve en él –a quien con el correr del tiempo incluiría en su nómina de poetas malditos– “los refinamientos de una civilización excesiva, con sus sentidos aguzados y vibrantes, su espíritu dolorosamente sutil, su sangre quemada por el alcohol; en una palabra: el biblio-nervioso por excelencia, como diría H. Taine”.

Nacido en la calle Hautefeuille de París en 1821, apenas contaba el futuro poeta 6 años cuando murió su padre.

Una año después, su madre casó en segundas nupcias con el coronel Aupick, quien profesaría el mismo odio a su hijastro que su hijastro a él.

Indiscutiblemente, si en efecto lo hubiese habido, sería en ese segundo matrimonio de su madre donde deberíamos buscar el origen de ese complejo de Edipo que le atribuyen algunos comentaristas.

En cualquier caso, expulsado en 1839 del colegio Louis-leGrand, internado donde cursó sus primeros estudios, simultaneó los de Derecho con los días de bohemia juvenil.

Fue entonces cuando contrajo la sífilis, cuyas secuelas arrastraría hasta el final de sus días.

Los constantes escándalos del poeta, quien ya empieza a escribir sus primeros versos, hacen que su padrastro lo envíe a la India : sólo llegaría hasta la isla Mauricio.

De allí volverá con dos poemas, posteriormente incluidos en “Las flores del mal”: “A una dama criolla” y “El viaje”.

Otra vez en París (1842), ya en disposición de la fortuna que ha heredado de su padre biológico, Baudelaire conoce a Jeanne Duval -una mulata que será la más querida de sus amantes- a Théophile Gautier -el escritor que más admiró- y se entrega a cuantas disipaciones ofrece la vida parisina.

Dandi con la misma entrega que pone al emborracharse, al fumar hachís y al comer opio, se pasea por los Campos Elíseos con el pelo teñido de verde.

Habida cuenta de la manera en que dilapida su herencia, en 1844 su familia entablará un proceso judicial para hacerse cargo del dinero.

Reconocido antes por crítico que por poeta, publica sus primeros artículos sobre arte con motivo del Salón de 1845.

No acaban de convencerle, lo que, sumado a su situación familiar, le llevará a protagonizar un intento de suicidio.

Tras la publicación de “ La Fanfarlo ”, (1847), novela cuyo protagonista -Samuel Cramer-, trasunto de el propio escritor, está tan pagado de sí mismo que, cuando llora, se mira al espejo, aparecen las primeras traducciones de Poe (1848).

Ese mismo año, participa en el conato de revolución estallado en París: exhorta a sus compañeros a matar a su padrastro.

Fruto de su experiencia con el cáñamo es el ensayo Del vino y del hachís (1851). La primera edición de “La flores del mal”, título bajo el que reunió toda su producción poética, data de 1857.

A grandes rasgos, los tratado en los poemas puede definirse como el retrato de los diversos estados anímicos que llevaron al poeta a una desesperada angustia, de la que buscó en vano consuelo en el alcohol y las drogas.

La conmoción que el libro causa entre los bienpensantes, hace que “Le Figaro” pida su condena.

Será el mismo fiscal que antaño condenara a Flaubert, por escribir una inmoralidad como “Madame Bovary”, quien condene ahora a Baudelaire a la supresión de varios poemas.

Entretanto, la situación económica del poeta va siendo cada vez más difícil.

La primera parte de “Los paraísos artificiales”, título tomado de una tienda de flores, es un lúcido trabajo sobre su experiencia con las drogas que aparece en el 58.

Tras un ensayo sobre Gautier dado a la estampa en el 59, la segunda parte de “Los paraísos...” aparece en 1860.

Cinco años después, Mallarme y Verlaine comienzan a reconocer en Baudelaire a uno de sus maestros.

En 1866, una nueva edición de “Las flores...” llega a las librerías.

Meses después, mientras se encuentra en Bélgica pronunciando una conferencia, Charles-Pierre Baudelaire sufre una parálisis acompañada de una fuerte afasia.

Su madre hace que le lleven de nuevo a París. El patriarca de los poetas malditos murió en la misma ciudad que le viera nacer el 31 de agosto de 1867, después de haber sufrido una larga y dolorosa agonía y de haber perdido el habla.

137. La Beatriz

En cenicientas tierras,

sin verdor, calcinadas,

Como yo me quejase a la Naturaleza ,

Y el puñal de mi mente, caminando al azar,

Fuese afilando lento sobre mi corazón,

Una gran nube oscura, de un temporal surgida,

Que albergaba una tropa de viciosos demonios,

Semejantes a enanos furiosos y crueles.

Se volvieron entonces fríamente a mirarme,

Y, como viandantes que se asombran de un loco,

Los escuché entre sí reír

y cuchichear

Intercambiando señas y guiños expresivos:

-«Contemplemos a gusto

a esta caricatura,

A esta sombra de Hamlet

que su postura imita,

Los cabellos al viento,

la indecisa mirada.

¿No es en verdad penoso

ver a tal vividor,

A este pillo, a este vago,

a este histrión perezoso,

Que, porque representa

con arte su papel,

Pretende interesar

, cantando sus pesares,

Al águila y al grillo,

al arroyo y las flores,

E inclusive a nosotros,

autores de esas rúbricas,

A voces nos recita sus públicas tiradas?»

Hubiera yo podido

(alto como los montes

Es mi orgullo y domina

a diablos y nublados)

Apartar simplemente

mi soberana testa,

Si no hubiera atisbado

entre la sucia tropa,

¡Y este crimen no hizo

tambalearse al sol!

A la reina de mi alma

de mirada sin par,

Que con ellos reía

de mi sombría aflicción,

Haciéndoles, de paso,

una obscena caricia.

  • * * *

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