sábado, 3 de diciembre de 2011

Que nadie duerma.

En “La letra con sangre”, Dante Leguizamón reúne 12 crónicas sobre casos policiales cordobese

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  • Por Emanuel Rodríguez 02/12/2011 19:25
    Un consejo: no leer este libro antes de dormir.


    Es probable que se trate de uno de los mejores libros de crónicas policiales de los últimos tiempos: está escrito en un tono discreto, mesurado, las historias son atrapantes, no hay maniqueísmo ni sensacionalismo. Crónicas policiales abordadas con sensibilidad e inteligencia. Eso sí: es imposible dormir después de leerlo.
    La letra con sangre reúne 12 crónicas sobre casos resonantes en la historia reciente de Córdoba. Dante Leguizamón las escribió primero para un suplemento publicado por el diario Día a Día, y ahora las corrigió y aumentó para la edición en libro. Comienza con el caso de Víctor Saldaño y termina con el caso “Facundito”, un niño de seis años que murió tras el impacto de una bala en su cabeza, en un fallido ajuste de cuentas en Colonia Lola. En el medio, hay otras 10 historias apasionantes y crueles, que ponen en foco la intimidad de esos crímenes pero siempre desde una perspectiva que apunta a explicar lo inexplicable con las únicas herramientas verdaderas para esa tarea: las circunstancias que lo rodean.
    –¿Cómo dormís después de tomar contacto con historias como estas?
    –¡Ay! Creo que bien, pero... me ha pasado tener miedo a veces, pero no por las historias sino porque soy medio fantasioso y me imagino que alguno se enoja y viene a casa a recriminarme. Entonces fantaseo diálogos. En realidad la única manera de dormir bien es cuando uno está seguro de que leyó los expedientes, habló con la mayor cantidad de protagonistas posibles y se despojó cuanto pudo de sus propios prejuicios. Me cuesta dormir cuando siento que puedo llegar a ser injusto tanto con las víctimas como con los victimarios.
    –¿Cuál es la principal tentación que debés frenar a la hora de escribir?
    –La de ser meticuloso al vicio. A veces me engancho describiendo detalles de una escena del crimen y no es necesario. Entonces elimino. Limpio. Vi, por la hendija de una ventana, la escena del crimen del homicidio de los chicos Aballay (cuatro niños degollados por su padre) y nunca se me va a borrar de la mente. Pero ¿tiene sentido describirla? Si te pasás de vueltas te volvés amarillo. Por otro lado, me preocupo de que mis textos no sean utilizados para darle miedo a la gente. Estoy seguro de que el miedo, como dice la antropóloga Rossana Reguillo, “es un proyecto político” y tiene como objetivo instalar la mano dura no para solucionar las cosas sino para complicarlas con más armas, más violencia (oficial) y ceguera. A muchos periodistas les encanta promover el miedo. Donde otros gustan machacar con el discurso de “la inseguridad”, yo trato de responderles hablando de indicios sociales y tramas culturales.
    –¿Qué hay en común entre un periodista y un asesino?
    –A veces, el interés por contar la historia. Otras, la necesidad de protagonizarla. Uno se convierte en una especie Mr. Ripley (personaje de Patricia Highsmith) porque sueña con entender qué pasó en la mente al asesino. Entonces leo y releo declaraciones, busco videos, fotos, pericias psicológicas, descripciones, testimonios. Además entrevisto, escucho, visito lugares. Fui al puente desde donde el asesino de las hermanitas González las observó antes de matarlas, varias veces me senté en la pirca donde Crivelli acuchilló al inspector Gauna. Tengo fuentes a las que he entrevis­tado mientras vendían o tomaban droga. ¿Es morboso? No sé. Yo no puedo narrar bien un homicidio si no respiro el aire del lugar donde ocurrió.
    –¿Qué tan cerca de la verdad puede llegar un periodista?
    –Tanto como se anime y siempre entendiendo una limitación profunda –y al mismo tiempo hermosa– porque “todo lo que sabemos del prójimo es de segunda mano” (la frase es de Yourcenar). A muchos les alcanza con decir que en tal lugar, tal mató a cuál. Yo me siento un fraude cuando hago eso. Si el periodista se anima a inmiscuirse, primero va a perder la comodidad de la distancia, después dejará de adjetivar tanto y finalmente sentirá esa conmovedora incomodidad de acercarse un poco más a la trama de las cosas.
    –¿Tenés dilemas éticos?
    –Todo el tiempo. ¿Qué derecho tengo a contar algo tan privado como las razones para matar? ¿Me guardo este dato de la víctima? Las respuestas siempre son las mismas. Todo lo que es verdad debe ser dicho. No soy juez de nadie, cuento lo que pude conocer. No miento: soy periodista y vengo a contar historias.

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