jueves, 13 de enero de 2011

A Trabajar



Por Daniel R Scott

Primeros días laborables del año. Gestos de desgano. Caras de aburrimiento. El deber tocando a nuestras puertas de nuevo y lo hace con golpes fuertes. Cuesta incorporarse. Es psicológicamente comprensible: Las festividades y las alegrías de diciembre, luego de vapulearnos hasta alturas indecibles, terminaron por lanzarnos al "mar de la tranquilidad" que es la primera semana de enero, dejándonos aturdidos y confusos. Es un cambio demasiado brusco. Y, aunque no se crea o se medite en el asunto, la alegría y la algarabía extremas también pueden conducirnos al cansancio y a la inacción. ¿Será por eso que los países que le otorgan más placer y esparcimiento a su gente son los que cuentan con los más altos índices de personas vacías, desorientadas y deprimidas? Opulencia hay, sí, pero opulencia sin timón ni brújula. En nuestra sufrida latinoamérica no nos da tiempo para eso.
Caminas las calles de los primeros siete días del año y las notas cansadas y vacías. En las aceras algunas botellas quebradas y triturados restos de fuegos artificiales que vivieron una efímera vida en los breves destellos de una sola noche. Y todo lo que ves está aprisionado dentro de otra dimensión, en una especie de limbo o lugar intermedio donde la preciada vida cotidiana está temporalmente alterada y las cosas marchan a otro ritmo. Es una especie de cámara lenta existencial en donde somos tan lentos y densos como surrealistas buzos de nuestras esferas urbanas. Ya el lector se habrá dado cuenta que no me gusta la primera semana del año.
Pero termina esa primera semana del año, decimos "¡A trabajar!" y nuevamente para nuestra sorpresa retomamos el hilo de la vida cotidiana: el obrero a la herramienta, los escolares a sus pupitres, el universitario a sus libros voluminosos, el juez a su tribunal y, en fin, cada quien a lo suyo. Personas y cosas fluyen a un ritmo conocido y normal. Todo vuelve a adquirir personalidad. La sociedad funciona y trabaja como una bien aceitada y engranada máquina que marcha según el diseño de sus partes. Nos sacudimos la pereza y el letargo para mirar de frente a la vida y cosecharle a corto y largo plazo sus mejores y más selectos frutos. No es tarea fácil: este mundo de materia sin aliento no nos es dócil y no ofrece la facilidad para abrirnos pasos por los intrincados laberintos de la vida. Pero igual hay que luchar y trabar. "La ley de la vida es el trabajo" dijo Félix Cortés. "Todo lo que vive se mueve y, asi, trabaja. La vida es trabajo. Vivir es trabajar." Y luego añade lo que nos atañe: "El espectáculo del hombre realizando denonados esfuerzos para cumplir su trabajo-ocupar su sitio en la cumbre-y su compromiso con la vida son un poema al trabajo." El corazón, el cerebro y otros organos vitales no se cansan de hacer su trabajo. No saben de paros ni de huelgas. El corazón no se cansa de latir ni el cerebro de pensar. Y asi por ese tenor. De lo contrario, el organismo colapsaria. ¿No se podría decir lo mismo de ese "organismo vivo" que es nuestra sociedad?
Puede que una determinada labor u oficio no dé los dividendos esperados. Hoy todo lo medimos por su valor monetario. Es mucha la ambición. Pero un oficio es sumamente útil cuando nos ayuda a mantener la mente y el cuerpo intactos y lejos de aquello que los dañan. Y es que cuando se deja de luchar y trabajar caemos en ocio mortal y paralizante que conduce a todo vicio y a pensar todo tipo de cosas inútiles y sin sentido.
12 Enero 2011

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